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Una fiesta en New York  

Nunca pude saber si lo que me contó Willy Ramírez lo inventó, o si esa fiesta sobrenatural existió en la realidad.

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Willy había vivido ocho años en New York trabajando en los oficios más dispares: electricista, cocinero, plomero, mozo de delivery, chofer de micros escolares, entre otras multicolores actividades. Nos reuníamos con cierta regularidad a tomar nuestros gimlets después de la oficina, en el Green Cat, un bar melancólico que mira a los muelles. 

Él trabaja en una oficina a pocos metros del bar; es retacón, moreno, y su padre era venezolano, de allí su leve tonada caribeña casi disuelta en sus viajes por el mundo. Su humor puede ser un tanto extravagante y sus borracheras, muy divertidas. Estaba medio picado cuando me lo contó, y el recuerdo le juntó las cejas. Lo obligó a entornar los ojos y a adoptar un tono grave, obispal. Esa noche había pocos parroquianos en el Green Cat. 

Ay, esa noche, pana, no sabes, creí que moriría sin vueltas. Yo laboraba en Bannister Cleaning Service, una empresa de limpieza de Manhattan, esa noche me tocaba estar de guardia y así fue como me llamaron. Una urgencia, necesitaban un solo tipo y bueno. ¿Para qué eres bueno, Willy?, me dijo el supervisor, y salí en la camioneta. La noche se veía hosca, lo sentía en el estómago, súbitamente tenía miedo. Una estupidez por donde se lo mirara. El asunto es que la dirección coincidía con el Dakota Towers, una de las joyas más presumidas de New York. En la esquina noroeste de la 72 y el Central Park West, pleno Upper West Side, ¿lo ubicas, no? Ok.

El patio central es acojonante, pana, esas torres te apantallan, es como estar parado en una de las historias de Harry Potter. Los autos estacionados, todos juntos, valdrían lo que costó el puente de Brooklyn, una locura. Un hombre gordillo, elegante, se apersonó y me pidió que lo siga. Durante el camino estuve tan distraído que perdí muchos detalles de esa imponente mole pero lo que sí vi –con el rabillo del ojo- la fugacidad de una sombra perdiéndose en los altos de una escalera. Mi maleta de herramientas pesaba como los mil demonios. El gordillo evidentemente era una especie de mayordomo, su atuendo y su espeso silencio parecían acreditarlo. El ascensor era una obra de arte de madera y bronce. Descendimos en el segundo piso, los sonidos de la fiesta parecían brotar de las paredes largas del pasillo. No tenía idea de qué demonios se trataba el trabajo y lo supe al rato. La zona del personal de servicio era tan blanca que irritaba los ojos. Pasamos varias puertas, fuimos espiados por puñados de criados uniformados, hasta que llegamos a una pequeña recámara. Estaba totalmente revuelta, las sábanas de seda azul caídas parecían velas de barco, se veía un gran colchón manchado como con salsa kétchup y el mayordomo me invitó a ver el costado de la cama. Allí había una mujer muerta, con su vestido de fiesta ensangrentado. Me dio una arcada y mi imagen en el gran espejo temblaba: el color de mi cara era gris.

-          Limpie –me dijo el mayordomo. El gordillo no había sido dotado con gesto alguno; bien visto, semejaba un muñeco de ventrílocuo.

Obedecí, temblando, me concentré tanto que hasta me olvidé de las náuseas. Cuando finalicé, el gordillo había desaparecido. Me había dejado solo en esa escena de horror. Espié el cadáver y te juro, pana, ya no estaba allí. Se había esfumado. Todo estaba limpio como si aquello hubiera sido una pesadilla. Sólo oía el barullo y las risas de la fiesta. 

Me levanté para salir disparado, pero la puerta se abrió y aparecieron dos tipos que mostraban sus chapas en las manos. Eran detectives de homicidios. 

-          ¿Usted es Willy Ramírez? –dijo uno- Queda detenido por asesinato.

El sofocón casi me paró el corazón, pero detrás de ellos apareció un tipo alto, canoso y vestido de gris.

-          Momento, detectives –dijo imperativo- soy Ronald Lawson, abogado del señor Ramírez.

Los policías quedaron inmóviles, yo empecé a sudar sin atinar a morir o a seguir viviendo. Los dos policías retomaron sus movimientos y empezaron a esposarme mientras mi inesperado abogado abría su maletín y decía en voz alta que se estaba cometiendo una injusticia. Sacó un papel, y en ese instante emergió una mujer detrás del abogado. Era una mujer pálida, con el cabello despeinado y manchado de sangre. Entró sonriendo.

Quedé sin respiración, esa mujer era la muerta.

Pues ahí, mi amigo, entraron todos los invitados, medios borrachos y gritando, para abrazarme y contarme que todo era parte de su “broma del mes”, una estupidez que organizaban cada treinta días para no aburrirse del todo y pegarse un tiro.

-          ¿Pedimos otro gimlet? –le dije a Willy.

-          Creo que sí –dijo-. El mundo está lleno de idiotas y es mejor beber para olvidarlo.

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